La benignidad es una actitud interna que te mantiene en equilibrio incluso en condiciones adversas, problemáticas, frustrantes y conflictivas. Implica ecuanimidad, mansedumbre, sutileza, tolerancia, buen trato, respeto, control de tus palabras, comunicación asertiva, paciencia, escucha y control de tus emociones sin perder la calma. Entendiendo que la relación personal es más importante que el logro de una meta. ¡Persona sobre objetivo! Sin embargo, esto no significa tolerar el pecado, la maldad o el engaño.
La bondad es la disposición a actuar con bien en favor de
los demás, apoyándolos, sirviéndolos y ayudándolos en sus necesidades con
generosidad. Enseñarles, visitarles, escucharlos, detenerse ante una necesidad
ajena, con empatía, estima y valor por el otro. Es como tener un radar
encendido, alerta para obrar en bien a favor de un necesitado. No se trata de
ser engañado, tolerar el fraude, los vicios o la ociosidad; sino que con
discernimiento ayudar al que verdaderamente lo necesita.
Pidamos al Espíritu Santo discernimiento para vivir en benignidad y bondad.
La benignidad y la bondad reflejan el carácter de un Dios misericordioso y perdonador en nosotros. Nos hacen más justos, cual luz que refleja la presencia de Dios y nos permite vivir en mayor armonía y amor con nuestros semejantes. Que nadie controle tus emociones ni tus recursos, pídele a Dios que te ayude en el manejo de ellos.
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