Para un perro, ladrar, atacar a otro perro o incluso a una persona es algo natural, común e incluso placentero. Así es el pecado para aquel que tiene una naturaleza pecaminosa: no puede dejar de pecar y pareciera que el pecado es parte de su ser. Esto ocurre porque quien practica el pecado no ha nacido de nuevo ni tiene temor de Dios.
Conocer a Dios sin obedecerle es no conocerlo en realidad.
Algunos buscan el amor de Dios como un bebé busca el cuidado de su madre, pero
sin asumir ninguna responsabilidad, sin comprender que la familia celestial es
santa. No es lo mismo pertenecer y convivir con un grupo de delincuentes y
viciosos que vivir entre personas trabajadoras y de buenos hábitos. La
diferencia es aún mayor cuando ponemos al hombre frente a Dios.
Solo en el temor de Dios y al reconocer la obra de
Jesucristo, un hombre comienza a ser transformado y a dejar su naturaleza
pecaminosa. Así como un perro no puede dejar de ladrar, el pecador no puede
dejar de pecar debido a su naturaleza. Necesita ser transformado en una nueva
criatura para vivir conforme a la voluntad de Dios. La Palabra de Dios declara:
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas
pasaron; he aquí, todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).
Con una nueva naturaleza, el hombre de Dios huye del pecado
por temor, amor e identidad con el Señor. En contraste, el hombre sin Dios peca
porque es su naturaleza, y encuentra satisfacción en el pecado.
Ahora bien, ¿eres una nueva criatura en Jesucristo y vives
apartado del pecado, o continúas revolcándote en el fango de la rebeldía, la
miseria y la muerte?
No hay comentarios:
Publicar un comentario