lunes, 27 de abril de 2026

UN HOGAR ETERNO

 

¿Te imaginas una casa que nunca se destruye? Un lugar perfecto, lleno de la plenitud de Dios, donde no habrá lágrimas, dolor ni muerte, sino la eterna comunión con nuestro Señor Jesucristo.

En 2 Samuel 7, el rey David es repetidamente identificado como el siervo del Señor. Ante su deseo de construir una casa para Jehová, el profeta Natán le transmite un mensaje divino: “¿Tú me has de edificar una casa en que yo more?” (v.5). Dios le recuerda que no está limitado a un espacio físico y que fue Él quien lo levantó de ser pastor de ovejas para hacerlo príncipe sobre su pueblo (v.8). Además, le anuncia que un descendiente suyo edificará un templo para Su nombre y que de su linaje nacerá un reino eterno.

Este reino eterno no se refiere a un templo material, sino al reinado de Jesucristo, el Hijo de David, cuyo gobierno es perpetuo sobre la tierra y los cielos. Como dijo el ángel Gabriel a María: “Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.” (Lucas 1:32-33).

David no solo fue pastor, guerrero y rey; también fue salmista, adorador y profeta. Dios le reveló promesas que se cumplieron en Cristo, el autor y consumador de nuestra fe (Hebreos 12:2), el Rey eterno que nos prepara un hogar celestial. Jesús mismo lo afirmó: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros.” (Juan 14:2).

Ese hogar eterno es nuestra esperanza segura: una morada incorruptible, reservada en los cielos para los que creen en Él (1 Pedro 1:4).

Ahora, es necesario preguntarme: ¿Estoy viviendo hoy con la certeza y esperanza de que mi verdadero hogar está en Cristo y no en lo terrenal? y ¿Cómo debo vivir cada día para habitar en ese hogar eterno junto a mi Señor?

El mensaje dado a David apunta a una promesa cumplida en Jesucristo: un reino eterno y un hogar celestial para los redimidos. Nuestra fe no descansa en templos hechos por manos humanas, sino en el Rey que reina para siempre y que nos asegura una morada incorruptible. Vivamos con gratitud, fidelidad y esperanza, sabiendo que nuestro destino final está en la presencia gloriosa de Jesucristo.

domingo, 26 de abril de 2026

UN CORAZÓN RENDIDO

 

Cuando Dios llamó al fiel profeta Samuel por primera vez, él era aún joven y vivía bajo el cuidado del sacerdote Elí. La Escritura lo describe como “joven” (hebreo na’ar), y según el historiador judío Josefo, Samuel tenía alrededor de 12 años en ese momento, justo en la edad en que un muchacho hebreo comenzaba a ser considerado responsable ante Dios.

El relato nos muestra cómo Samuel, al escuchar su nombre, corrió hacia Elí pensando que era él quien lo llamaba. Pero, siguiendo el consejo del sacerdote, finalmente entendió que era Dios mismo quien lo llamaba:

“Y dijo Elí a Samuel: Ve y acuéstate; y si te llamare, dirás: Habla, Jehová, porque tu siervo oye. Así se fue Samuel, y se acostó en su lugar. Y vino Jehová y se paró, y llamó como las otras veces: ¡Samuel, Samuel! Entonces Samuel dijo: Habla, porque tu siervo oye.” (1 Samuel 3:9-10)

Este pasaje revela el corazón rendido del joven Samuel, dispuesto a escuchar y obedecer. Su vida se caracterizó por fidelidad y servicio:

“Y todo Israel, desde Dan hasta Beerseba, conoció que Samuel era fiel profeta de Jehová.” (1 Samuel 3:20)

Para ser grande en el Reino de Dios, primero hay que ser humilde y doblegado ante el Señor. La verdadera grandeza no se mide por talentos humanos, sino por la disposición de poner a Dios por encima de todo y servirle con actitud de siervo.

Samuel llegó a ser uno de los más grandes jueces y profetas del Antiguo Testamento, instrumento clave en la transición hacia la monarquía en Israel. Sin embargo, su relevancia no se debió a su capacidad personal, sino a su obediencia y disposición de escuchar, hablar y hacer la voluntad del Dios soberano de los ejércitos celestiales.

Ahora es necesario preguntarme: ¿Estoy dispuesto a rendir mi voluntad para escuchar y obedecer la voz de Dios como Samuel? y ¿Estoy sirviendo al Señor con un corazón humilde y actitud de siervo, o busco mi propia gloria?

El llamado de Samuel nos recuerda que Dios busca corazones rendidos, sensibles a Su voz y dispuestos a obedecer. La verdadera grandeza espiritual no está en la fuerza humana, sino en la entrega total al Señor. Que nuestra oración sea siempre: “Habla, Jehová, porque tu siervo oye.”

jueves, 16 de abril de 2026

¡QUÉ CURIOSO! ELECCIONES PRESIDENCIALES EN PERÚ 2026

 

Las elecciones presidenciales del Perú 2026 han estado marcadas por una gran complejidad y controversia: con 37 partidos en la contienda, irregularidades denunciadas en la organización y un clima de desconfianza.

-        Cantidad inédita de partidos. Se ha permitido la participación de 37 agrupaciones políticas, generando confusión en el electorado. ¿Quién lo impulso?

-        Resultados preliminares que luego son totalmente cambiados. ¡Dios reprenda toda falsedad, mentira, engaño y pecado!

-        Problemas logísticos, de mesas sin material o no abiertas, lo que generó que miles no ejercieran su derecho a voto. ¿Fue provocado mafiosamente?

-        Cambios de locales de votación (al extremo del distrito) generando incomodidad a muchos votantes e inasistencia de muchos otros. ¿Por qué nos enviaron tan lejos?

-        Ausencia del tradicional holograma de verificación de haber participado de una supuesta fiesta electoral. ¿Cómo valido mi votación y asistencia?

-        Desconfianza en organismos como la ONPE y observadores internacionales que han sido cuestionados por supuesta pasividad frente a denuncias. ¿Será posible tanta ceguera?

-        Medios y encuestadoras criticadas por falta de transparencia y por aparentar tener resultados anticipados. ¿Están los medios de comunicación y encuestadoras comprados o con temor de algo o de alguien?

-        Temor ciudadano que muchos electores sienten de opinar libremente pues puede costarles el trabajo, sus posesiones e incluso la vida. ¡No debemos tolerar el pecado de los malvados enquistados en los poderes del estado!

Estos hechos nos llaman a una profunda reflexión:

-        La democracia sin verdad se convierte en tiranía. Cuando el fraude, la mentira y el cinismo dominan, el pueblo pierde su voz.

-        El temor reemplaza la libertad. La Palabra de Dios nos recuerda: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.” (2 Timoteo 1:7).

-        El arrepentimiento es necesario. Más allá de partidos y candidatos, los peruanos necesitamos volver nuestros ojos a Dios, reconocer nuestro pecado y buscar la justicia verdadera.

-        El poder debe servir, no servirse. Los líderes que buscan beneficios personales olvidan el mandato de Jesucristo: “Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.” (Mateo 20:26-28).

Las elecciones del 2026 han mostrado tanto la fragilidad institucional como la necesidad de un retorno a principios eternos de justicia, verdad y servicio. El pueblo peruano no debe resignarse a ser “títeres de mafias”, sino levantar su voz en paz, exigir transparencia y recordar que la verdadera libertad y democracia solo se sostienen cuando se fundamentan en Dios.

lunes, 13 de abril de 2026

MI TRIPULACIÓN

 

La misión Artemis II de la NASA acaba de regresar con éxito tras circunnavegar la Luna, marcando el primer viaje tripulado al entorno lunar en más de 50 años. La tripulación estuvo conformada por Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen, quienes recorrieron más de un millón de kilómetros en diez días, abriendo una nueva etapa en la exploración espacial.

Como mencionó Christina Koch, la experiencia de Artemis II nos recuerda que la humanidad es una sola tripulación en la nave llamada Tierra. Desde el espacio, los astronautas pudieron ver nuestro planeta como un punto frágil y pequeño, lo que les llevó a reflexionar sobre la responsabilidad compartida que tenemos como especie.

Esta visión nos invita a meditar en el papel de la Iglesia de Cristo en la tierra, como una tripulación de Dios que avanza hacia su propósito eterno:

-        Unidad en la diversidad. Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo (1 Corintios 12:12). La tripulación espacial refleja cómo cada miembro cumple un rol vital, igual que en la familia, iglesia, sociedad, nación y humanidad entera.

-        Responsabilidad y mayordomía. Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase (Génesis 2:15). Así como los astronautas cuidan de su nave, nosotros debemos cuidar de la creación, de nuestras familias e instituciones, siendo fieles administradores de lo que Dios nos ha confiado.

-        Esperanza y propósito. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. (Filipenses 3:13-14). La misión lunar nos inspira a avanzar con fe hacia nuevos horizontes, haciendo la voluntad de Dios conforme a su llamado y propósito.

Cada hogar, institución, empresa y nación es una tripulación que necesita:

-        Unidad y preparación para enfrentar desafíos.

-        Compromiso e identidad para mantener el rumbo.

-        Amor, fe y esperanza como motores que sostienen la misión.

Así como la NASA invirtió años de preparación para Artemis II, también nosotros debemos invertir en formación espiritual, ética y profesional para cumplir con excelencia la misión que Dios nos ha encomendado. Recordemos que somos llamados a ser luz del mundo y sal de la tierra (Mateo 5:13-14), cumpliendo nuestra misión con fidelidad y excelencia.

Reflexionemos. ¿Cómo puedo contribuir a que mi familia, iglesia e institución funcionen como una tripulación unida en propósito y fe? y ¿Qué responsabilidades me ha confiado Dios como parte de la tripulación de la humanidad, y cómo estoy respondiendo a ellas?

sábado, 4 de abril de 2026

LA PASCUA, de la sombra a su cumplimiento


 La Pascua, instituida por Dios en Éxodo 12, fue el acto redentor que marcó la salida de los israelitas de la esclavitud en Egipto después de 430 años. El Señor ordenó que cada familia sacrificara un cordero sin defecto, de un año, y que su sangre fuera aplicada en los dinteles y postes de las puertas. Aquella sangre sería la señal para que el ángel de la muerte pasara de largo y no tocara a los primogénitos de Israel (Éxodo 12:7, 12-13).

Esa noche, el pueblo comió el cordero asado, sin quebrar sus huesos (Éxodo 12:46), acompañado de panes sin levadura y hierbas amargas, símbolos de la prisa y de la amargura de la esclavitud. Dios los sacó con mano poderosa, no solo libres, sino enriquecidos con oro, plata y vestidos que los egipcios les entregaron (Éxodo 12:35-36). Desde entonces, los judíos celebran la Pascua como memoria viva de la liberación y como inicio de un nuevo tiempo.

Sin embargo, aquella Pascua era una sombra profética de un sacrificio mayor. Juan el Bautista, al ver a Jesús, declaró: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29b). Cristo es el cumplimiento perfecto de la Pascua: el Cordero sin mancha (1 Pedro 1:19), cuya sangre no solo libra de la muerte física, sino que nos rescata de la condenación eterna. En la cruz, Jesús entregó su vida, y tal como se profetizó, ninguno de sus huesos fue quebrado (Juan 19:36).

La obra de Cristo nos traslada de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios (Romanos 8:2). Su sacrificio nos da una nueva identidad, nos reconcilia con el Padre y nos convierte en portadores de sus promesas. La Pascua judía encuentra su plenitud en la Semana Santa cristiana: no solo recordamos un hecho histórico, sino celebramos la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado, y el inicio de una vida con propósito eterno.

Hoy, el amor de Cristo nos invita a vivir como hombres y mujeres libres, con destino y esperanza. La sangre del Cordero nos cubre, nos redime y nos asegura que nada podrá separarnos del amor de Dios (Romanos 8:38-39).

Ahora, reflexiona: ¿De qué forma estás viviendo la libertad que Cristo te ha dado? y ¿Qué áreas de tu vida necesitan ser cubiertas por la sangre del Cordero para experimentar verdadera transformación?

¡Celebremos la Pascua en Jesús, el cordero que quita el pecado del mundo!

jueves, 2 de abril de 2026

DIOS MISERICORDIOSO Y FIEL

 

“El justo florecerá como la palmera; crecerá como cedro en el Líbano. Plantados en la casa de Jehová, en los atrios de nuestro Dios florecerán. Aun en la vejez fructificarán; estarán vigorosos y verdes, para anunciar que Jehová mi fortaleza es recto, y que en él no hay injusticia.” (Salmo 92:12-15)

El salmista nos recuerda que la verdadera justicia no proviene del hombre, pues “no hay justo, ni aun uno” (Romanos 3:10). Solo en Cristo Jesús hallamos la justicia perfecta, y es en Él donde el creyente florece como la palmera: siempre verde, firme y erguida, símbolo de integridad y constancia en el Señor.

El justo en Cristo no solo crece en sabiduría al obedecer a Dios, sino también en inteligencia espiritual al conocerlo cada día más. Como el cedro del Líbano, imponente y fuerte, el hombre en Jesucristo permanece, porque aunque muera, vivirá (Juan 11:25).

Ya no vivimos para este mundo, sino que entendemos que somos embajadores del Reino de Dios (2 Corintios 5:20). Nuestra identidad, ciudadanía y morada son eternas, y por ello damos fruto para la gloria de nuestro Dios. Aun en la vejez, el creyente permanece vigoroso y fructífero, enriquecido en belleza espiritual, sabiduría y prosperidad para cumplir la voluntad del Señor, conforme es guiado por el Espíritu Santo.

Ese fruto se manifiesta en anunciar, entre muchos otros atributos, la santidad, justicia, amor, bondad y rectitud de nuestro Dios, proclamando que Él es nuestra fortaleza y que en Él no hay injusticia. Toda gloria, honra y honor le pertenecen por siempre.

Dios misericordioso y fiel, grande e incomparable, ¿cómo no adorarte? Tus obras son maravillosas, tu plenitud inalcanzable, y tu fidelidad es eterna. Por eso, con gratitud y reverencia, proclamamos:

“¡Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre!” (Salmo 103:1)

TEMER A DIOS

  “El temor de Jehová es enseñanza de sabiduría; y a la honra precede la humildad.” (Proverbios 15:33) Todo hombre de Dios anhela vivir en...