Las elecciones presidenciales del Perú 2026 han estado marcadas por una gran complejidad y controversia: con 37 partidos en la contienda, irregularidades denunciadas en la organización y un clima de desconfianza.
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Cantidad inédita de
partidos. Se ha permitido la participación de 37 agrupaciones
políticas, generando confusión en el electorado. ¿Quién lo impulso?
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Resultados preliminares
que luego son totalmente cambiados. ¡Dios reprenda toda falsedad, mentira,
engaño y pecado!
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Problemas logísticos, de
mesas
sin material o no abiertas, lo que generó que miles no ejercieran su derecho a
voto. ¿Fue provocado mafiosamente?
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Cambios de locales de
votación (al extremo del distrito) generando incomodidad a muchos votantes e
inasistencia de muchos otros. ¿Por qué nos enviaron tan lejos?
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Ausencia del tradicional
holograma de verificación de haber participado de una supuesta fiesta electoral.
¿Cómo valido mi votación y asistencia?
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Desconfianza en
organismos como la ONPE y observadores internacionales que han sido
cuestionados por supuesta pasividad frente a denuncias. ¿Será posible tanta
ceguera?
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Medios y encuestadoras criticadas
por falta de transparencia y por aparentar tener resultados anticipados. ¿Están
los medios de comunicación y encuestadoras comprados o con temor de algo o de
alguien?
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Temor ciudadano que muchos
electores sienten de opinar libremente pues puede costarles el trabajo, sus posesiones
e incluso la vida. ¡No debemos tolerar el pecado de los malvados enquistados en
los poderes del estado!
Estos hechos nos llaman a una profunda reflexión:
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La democracia sin verdad
se convierte en tiranía. Cuando el fraude, la mentira y el cinismo
dominan, el pueblo pierde su voz.
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El temor reemplaza la
libertad. La Palabra de Dios nos recuerda: “Porque no nos ha dado Dios
espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.” (2 Timoteo
1:7).
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El arrepentimiento es
necesario. Más allá de partidos y candidatos, los peruanos necesitamos
volver nuestros ojos a Dios, reconocer nuestro pecado y buscar la justicia
verdadera.
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El poder debe servir, no
servirse. Los líderes que buscan beneficios personales olvidan el
mandato de Jesucristo: “Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera
hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el
primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino
para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.”
(Mateo 20:26-28).
Las elecciones del 2026 han mostrado tanto la fragilidad
institucional como la necesidad de un retorno a principios eternos de
justicia, verdad y servicio. El pueblo peruano no debe resignarse a ser
“títeres de mafias”, sino levantar su voz en paz, exigir transparencia y
recordar que la verdadera libertad y democracia solo se sostienen cuando se
fundamentan en Dios.