Éxodo 17:6 He aquí que yo estaré delante
de ti allí sobre la peña en Horeb; y golpearás la peña, y saldrán de ella
aguas, y beberá el pueblo. Y Moisés lo hizo así en presencia de los ancianos de
Israel.
Más de un millón de personas en el desierto bebieron agua de
una roca de manera sobrenatural. El pueblo de Dios había salido de la
esclavitud en Egipto y estaba comenzando a formar su carácter en medio de la
prueba del desierto. Allí, donde todo parecía escasear, Dios estaba con ellos.
Él no permitiría que su pueblo muriera de sed, porque su fidelidad es eterna.
Un hombre, Moisés, clamó a Dios en medio de la incredulidad
de miles. Y el Señor le dio instrucciones claras para recordarles que Su
presencia y poder estaban en medio de ellos. El agua que brotó de la roca fue
un testimonio de que Dios provee en los lugares más áridos y que su gracia es
suficiente para sostener a los suyos.
El Dios eterno y todopoderoso sigue obrando hoy. Nos ha dado
a Jesucristo, la roca firme que nada ni nadie puede vencer. De Él fluye el agua
de vida, el Espíritu Santo, que habita en su iglesia, enseñando, guiando y
transformando a hombres y mujeres que se acercan sedientos de su amor, su
presencia y su palabra. Ahora, quienes beben de esa agua viva lo adoran, lo
aman, lo obedecen y lo sirven con amor, gratitud, fe y esperanza.
Así como los israelitas bebieron del agua de la roca en el
desierto, hoy la iglesia de Cristo se sacia con la plenitud del Espíritu Santo,
quien calma nuestra sed espiritual y llena nuestro corazón de gozo
incomparable.
Reflexiona en lo siguiente:
¿En qué área(s) de tu vida necesitas recordar que Cristo es
la roca que provee agua viva en medio de tu desierto?
¿Cómo puedes permitir que el Espíritu Santo sacie tu sed
espiritual y te impulse a servir a Dios con amor, fe y esperanza?
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