Cuando Dios llamó al fiel profeta Samuel por primera vez, él era aún joven y vivía bajo el cuidado del sacerdote Elí. La Escritura lo describe como “joven” (hebreo na’ar), y según el historiador judío Josefo, Samuel tenía alrededor de 12 años en ese momento, justo en la edad en que un muchacho hebreo comenzaba a ser considerado responsable ante Dios.
El relato nos muestra cómo
Samuel, al escuchar su nombre, corrió hacia Elí pensando que era él quien lo
llamaba. Pero, siguiendo el consejo del sacerdote, finalmente entendió que era
Dios mismo quien lo llamaba:
“Y dijo Elí a Samuel: Ve y
acuéstate; y si te llamare, dirás: Habla, Jehová, porque tu siervo oye. Así se
fue Samuel, y se acostó en su lugar. Y vino Jehová y se paró, y llamó como las
otras veces: ¡Samuel, Samuel! Entonces Samuel dijo: Habla, porque tu siervo
oye.” (1 Samuel 3:9-10)
Este pasaje revela el corazón
rendido del joven Samuel, dispuesto a escuchar y obedecer. Su vida se
caracterizó por fidelidad y servicio:
“Y todo Israel, desde Dan hasta
Beerseba, conoció que Samuel era fiel profeta de Jehová.” (1 Samuel 3:20)
Para ser grande en el Reino de
Dios, primero hay que ser humilde y doblegado ante el Señor. La verdadera
grandeza no se mide por talentos humanos, sino por la disposición de poner a
Dios por encima de todo y servirle con actitud de siervo.
Samuel llegó a ser uno de los
más grandes jueces y profetas del Antiguo Testamento, instrumento clave en la
transición hacia la monarquía en Israel. Sin embargo, su relevancia no se debió
a su capacidad personal, sino a su obediencia y disposición de escuchar, hablar
y hacer la voluntad del Dios soberano de los ejércitos celestiales.
Ahora es necesario preguntarme: ¿Estoy
dispuesto a rendir mi voluntad para escuchar y obedecer la voz de Dios como
Samuel? y ¿Estoy sirviendo al Señor con un corazón humilde y actitud de siervo,
o busco mi propia gloria?
El llamado de Samuel nos
recuerda que Dios busca corazones rendidos, sensibles a Su voz y dispuestos a
obedecer. La verdadera grandeza espiritual no está en la fuerza humana, sino en
la entrega total al Señor. Que nuestra oración sea siempre: “Habla, Jehová,
porque tu siervo oye.”
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