El hombre que no reconoce su condición de pecador sin Jesucristo ya ha pecado. La Biblia nos enseña con claridad que no hay ni uno solo que sea justo por sí mismo; todos hemos nacido en pecado y somos pecadores sin la redención de Jesús. Negar esta verdad refleja ignorancia, rebeldía o incluso herejía. Debemos decidir si creemos en las palabras de los hombres o en la verdad de Dios revelada en Su Palabra.
Al comprender nuestra condición
de pecadores, surge en nosotros la necesidad de ser redimidos y librados de la
muerte y del castigo eterno. Solo entonces valoramos verdaderamente el
sacrificio de Jesús, y movidos por el amor hacia Él, por el temor reverente y
por una necesidad genuina, comenzamos a clamar por Su perdón.
El perdón solo puede pedirse
cuando reconocemos nuestro pecado y nuestra naturaleza pecaminosa. Este
entendimiento da lugar a un genuino arrepentimiento, acompañado del deseo de no
volver a pecar. Buscamos entonces agradar a Dios y ser transformados, confiando
en la fortaleza y guía del Espíritu Santo.

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