Poner a Dios primero es abrir los ojos cada mañana y darle gracias por un nuevo día. Es acudir a Su Palabra y buscar Su presencia, adorarlo y reconocerlo, obedecerlo y clamar para que Su voluntad se haga en nuestras vidas. Es tenerlo presente siempre, consultarle, pedirle dirección, servirle, agradarle, rendirse ante Él y vivir en el Espíritu, dando fruto del Espíritu y siendo seguidores y discípulos de Jesús. Es ser cuidadoso del Espíritu Santo y aprender a depender de Él.

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