El ajedrez es uno de los juegos de mesa más populares del mundo; ha sido descrito como una ciencia y un deporte mental. Muchos hemos disfrutado de este juego, especialmente en las victorias que resultan de estrategias cuidadosamente pensadas.
Aunque algunos han establecido
un valor para cada pieza del ajedrez (peón: 1, caballo: 3, alfil: 3.5, torre:
5, dama: 10 y rey: infinito), ese valor varía según la destreza del jugador y
el desarrollo de la partida. De manera similar, en nuestras vidas, nuestro
valor no radica únicamente en lo que somos, sino en el propósito que cumplimos
y las soluciones que aportamos para honrar y glorificar a Dios, el Rey de reyes
y Señor de señores.
Este es un proceso continuo de
edificación de la iglesia, el cuerpo de Cristo, que lucha por vencer el mal, el
pecado y las tinieblas. Podríamos comparar el ajedrez con la vida real, donde
existen solo dos posibilidades: caminar en la luz y la verdad, o en las
tinieblas y la muerte. Estamos en una batalla espiritual y no podemos pertenecer
a ambos bandos. Por un lado, podemos vivir agradando a Dios y clamando por Su
perdón y misericordia; o, por el contrario, ser criaturas de rebeldía, pecado y
muerte. No hay una tercera opción: o estamos con Cristo o estamos sin Él. O
agradamos a Dios haciendo Su voluntad, o no lo hacemos.
Al igual que en el ajedrez, hay
un ejército que defiende y entrega su vida por su rey. Sin embargo, en nuestro
caso, fue el Rey quien dio Su vida por todos nosotros. Jesucristo, aunque sigue
siendo rechazado por muchos, nos mostró un sacrificio cuyo valor es
incomprensible y muchas veces ignorado. Lamentablemente, muchos hombres buscan
definir su valor en sus propios términos y no reconocen el verdadero valor que
tienen a través de la obra redentora de Jesús en sus vidas.
Debo terminar este texto
diciendo que: La vida no es un juego, es real, eterna y valiosa en Jesús.
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