Cuando un médico te informa que
han detectado cáncer en tu cuerpo, cuando un ingeniero civil te advierte que
debes abandonar tu casa porque está a punto de colapsar, o cuando un contador
te recomienda implementar medidas de austeridad y reducir gastos para evitar
problemas económicos, estas verdades, aunque difíciles de escuchar, son
necesarias para tomar decisiones que pueden salvar tu vida, proteger tu
patrimonio o mejorar tu responsabilidad en la administración de los recursos.
Ahora bien, imagina que estos
especialistas, en lugar de decirte la verdad, optaran por suavizar el mensaje
para preservar tu autoestima, evitando incomodarte o persuadirte a cambiar tus
hábitos. Las consecuencias serían devastadoras: el caos y la muerte estarían a
la vuelta de la esquina.
Lo mismo ocurre con los
predicadores y maestros de la Palabra de Dios que acomodan el mensaje del Señor
según los deseos del oyente. Hablan de bendiciones, pero callan sobre las
maldiciones; presentan el cielo y la vida eterna, pero omiten el infierno y el
tormento perpetuo; exaltan el amor de Dios, pero no enseñan sobre Su santa ira;
inspiran afirmando que eres un campeón, pero no reprenden el pecado.
La verdad incomoda, duele y
puede frustrarnos, pero es indispensable para aprender y vivir correctamente.
La verdad edifica, corrige y es buena.
Jesús y Su Palabra son la verdad
(Juan 14:6, Juan 17:17). Conocerlo y obedecer Su voluntad es de sabios, porque
esta verdad libera del pecado, de la muerte y del castigo eterno. Podemos
confiar plenamente en la verdad de la Palabra de Dios: no falla, no engaña, no
miente, no es emocional ni manipulable; es inmutable, única y sabia.
Aferrémonos a Jesús. Buscarlo y
hacer Su voluntad es caminar en la verdad, una luz que ilumina nuestro sendero
y nos aparta de las tinieblas y de toda maldad.
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