Una puerta es un medio a través del cual podemos entrar o salir. Por ejemplo, si necesitamos usar un baño, abrimos la puerta, entramos y la cerramos para tener privacidad y satisfacer una necesidad. Del mismo modo, cuando deseamos conversar presencialmente con alguien, como una autoridad, un entrevistador o un amigo, necesitamos desplazarnos a un lugar: una empresa, oficina o casa, y atravesar puertas. Desde la entrada al espacio de reunión, las puertas nos brindan acceso al encuentro con la persona. En efecto, las puertas son instrumentos que nos permiten acceder a múltiples lugares.
En un
hogar hay muchas puertas, y en un edificio aún más. ¿Cuántas puertas habrá en
una ciudad, país, continente y en el mundo entero? Cada puerta nos conduce a
algún lugar: grande o pequeño, bueno o malo, correcto o incorrecto, público o
privado. La elección está en nuestras manos: ¿Qué puertas elegimos abrir?
¿Hacia dónde decidimos ingresar?
Por otro
lado, una puerta también es el medio para salir de un lugar: para abandonar una
cárcel hacia la libertad, luego de haber pagado por un daño cometido; o para
salir de un hogar, un trabajo o un templo, aunque no regresar puede ser
perjudicial si ese lugar estaba conforme a la voluntad de Dios.
Si bien
hay millones de puertas en el mundo, quizá más que habitantes en la tierra,
ninguna de estas nos conduce a Dios. Solo Jesús es la puerta hacia la vida
eterna, la verdad, la libertad, la sabiduría y la inteligencia que todo hombre
debería anhelar. Jesús afirmó: “Yo soy la puerta; el que por mí entra será
salvo; entrará y saldrá, y hallará pastos” (Juan 10:9).
Sin
embargo, solo algunos, las ovejas de Jesús, escuchan su voz, lo siguen y entran
por esta puerta. Jesús no es simplemente una puerta entre muchas; Jesús es la
puerta. No hay múltiples caminos al cielo y la vida eterna: únicamente Jesús es
la puerta de las ovejas. Como Él mismo dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y
la vida. Nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6).
Aquellos
que no pertenecen a Jesús no lo buscan ni lo aman, y no entran por la puerta.
Es como en los días de Noé, cuando durante más de cien años construyó el arca
de la salvación, advirtiendo que el diluvio vendría. Sin embargo, las personas
no creyeron: algunos fueron incrédulos porque nunca había llovido, otros se
burlaron porque se consideraban más inteligentes, y otros continuaron pecando,
atrapados en su carne y maldad.
Cuando
la puerta del arca se cerró y llegó el diluvio, muchos corrieron hacia ella
para salvar sus vidas, pero ya no pudieron ingresar. En ese momento
reconocieron la puerta del arca, una sola, pero era demasiado tarde: murieron
ahogados, perdiendo su vida. De manera similar, un día todos reconocerán que
Jesús es la única puerta al Padre, al cielo y a la vida eterna; pero entonces
será demasiado tarde.
Hoy, la
puerta está abierta para salvación; sin embargo, en el juicio de Dios, la
puerta estará cerrada, y aunque todos reconozcan la autoridad de Jesús como la
puerta, ya no podrán ingresar a la salvación eterna. Serán arrojados al
infierno, al lago de fuego y azufre, donde habrá tormento, llanto eterno y el
crujir de dientes.
No te
quedes fuera de la puerta. Hoy la puerta está abierta para salvación y vida
eterna en el cielo. Pero en el juicio de Dios, la puerta estará cerrada para
aquellos que no ingresaron por Jesús. Ellos serán condenados al martirio
eterno. ¿Es Jesús la puerta de tu salvación, señorío y libertad hoy?
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