Todos nos relacionamos de
distintas maneras: algunos son muy apreciados y otros quizá no tanto; sin
embargo, todos ejercemos una influencia en quienes nos rodean. Nuestra vida, de
una forma u otra, deja huella en los demás.
El carisma es un rasgo de
la personalidad que nos permite impactar en la vida y decisiones de otros. Preguntémonos:
¿Podrá nuestra manera de vivir traer alegría al corazón de nuestro Dios y
Padre?
La respuesta está en nuestra
relación con Él. Todo nace en el amor y comunión con Dios Padre, con Jesucristo
y con el Espíritu Santo, porque separados de Él nada podemos hacer (Juan 15:5).
El carisma puede crecer y
perfeccionarse cuando lo ponemos al servicio de los demás con amor. Aprendamos
a callar, cuando el silencio edifica más que nuestras palabras; a hablar lo que
es necesario y verdadero; y a ser y hacer quienes Dios nos llama a ser y hacer.
A continuación, un acróstico que
nos recuerda cómo vivir el carisma de manera práctica:
CARISMA
- Calla cuando tu silencio
habla mejor que tus palabras (Proverbios 17:28).
- Ama a Dios sobre todas las
cosas y a tu prójimo como a ti mismo (Mateo 22:37-39).
- Ríe con gratitud por la
vida, las bendiciones y aun los desafíos (Filipenses 4:4).
- Influencia a otros para que
busquen a Jesucristo en la Palabra (2 Timoteo 3:16-17).
- Sorprende a alguien con un
detalle o servicio en cuanto te sea posible (Gálatas 6:10).
- Madruga para agradecer y
buscar al Señor, ordenando tu día en oración (Salmos 5:3).
- Adora a Dios en todo,
viviendo siempre Coram Deo, delante del rostro de Dios (Colosenses
3:17).
El verdadero carisma no es un
brillo humano pasajero, sino la luz de Cristo reflejada en nosotros. Que
nuestra vida sea un testimonio que inspire, motive y conduzca a otros hacia el
amor eterno de Dios.
NFA060126AQP
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