No es lo mismo expresar lo que pensamos, repetir lo que otros dicen, o transmitir un mensaje de parte de Dios. Cada una de estas acciones tiene un peso distinto y exige una responsabilidad diferente.
Cuando hablamos lo que pensamos, compartimos nuestra
identidad: lo que creemos, sentimos, hacemos y proyectamos. Nuestras palabras
revelan nuestro compromiso y propósito, y aunque puedan ser valiosas, siguen
siendo personales y limitadas.
Cuando hablamos en nombre de otra persona, debemos ser fieles
a sus palabras. Es correcto citar textualmente, para evitar interpretaciones
erróneas o distorsiones. La fidelidad en la comunicación es señal de respeto y seriedad.
Pero cuando predicamos o enseñamos la Palabra de Dios,
estamos poniendo en nuestros labios las palabras del Señor. Esto no puede
hacerse con ligereza ni descuido. La Escritura advierte: “Hermanos míos, no os
hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiréis mayor condenación”
(Santiago 3:1). Por eso, sé fiel en la enseñanza, transmitiendo un mensaje
correcto, serio y lleno de verdad. Recuerda que somos embajadores de Cristo (2
Corintios 5:20), y nuestra tarea es reflejar con integridad lo que Él ha dicho.
Recomendaciones para el estudio exegético de la
Palabra de Dios, bajo la dirección del Espíritu Santo:
1. Expón el contexto del pasaje. Explica
quién lo escribió, a quién, cuándo, dónde y en qué circunstancias. Sobre todo,
identifica el propósito del texto, pues de allí surgirán aplicaciones prácticas
para la vida.
2. Analiza el original con claridad. Usa
diagramas, esquemas o flujos que te ayuden a comprender la intención de Dios a
través del autor inspirado.
3. Consulta comentarios teológicos confiables. Los
estudios de hombres de Dios pueden ayudar a comprender aspectos dudosos y
enriquecen la comprensión del pasaje.
4. Identifica la verdad central y las verdades secundarias. A
partir de ellas, estructura los puntos de tu enseñanza o predicación.
5. Sustenta cada parte con la Escritura.
Recuerda que la Palabra de Dios se interpreta y se defiende a sí misma. “Toda
la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para
corregir, para instruir en justicia” (2 Timoteo 3:16).
Estas acciones te ayudarán a desarrollar un mensaje exegético
sólido, que además debe complementarse con una buena homilética, para que
llegue con claridad, poder y pertinencia a los oyentes.
Si eres un predicador o maestro de la Palabra de
Dios cuestiónate: ¿Estoy siendo un mensajero fiel que transmite la
Palabra de Dios con reverencia y responsabilidad, o simplemente comparto mis
propias ideas, intenciones o intereses?
Para ayudar con este mensaje, puedes responder en los
comentarios: ¿De qué otras maneras puedo profundizar en el estudio bíblico para
que mi enseñanza sea más clara, bíblica y transformadora?
Gracias por tus aportes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario