“El justo florecerá como la
palmera; crecerá como cedro en el Líbano. Plantados en la casa de Jehová, en
los atrios de nuestro Dios florecerán. Aun en la vejez fructificarán; estarán
vigorosos y verdes, para anunciar que Jehová mi fortaleza es recto, y que en él
no hay injusticia.” (Salmo 92:12-15)
El salmista nos recuerda que la
verdadera justicia no proviene del hombre, pues “no hay justo, ni aun uno” (Romanos
3:10). Solo en Cristo Jesús hallamos la justicia perfecta, y es en Él donde el
creyente florece como la palmera: siempre verde, firme y erguida, símbolo de
integridad y constancia en el Señor.
El justo en Cristo no solo crece
en sabiduría al obedecer a Dios, sino también en inteligencia espiritual al
conocerlo cada día más. Como el cedro del Líbano, imponente y fuerte, el hombre
en Jesucristo permanece, porque aunque muera, vivirá (Juan 11:25).
Ya no vivimos para este mundo,
sino que entendemos que somos embajadores del Reino de Dios (2 Corintios 5:20).
Nuestra identidad, ciudadanía y morada son eternas, y por ello damos fruto para
la gloria de nuestro Dios. Aun en la vejez, el creyente permanece vigoroso y
fructífero, enriquecido en belleza espiritual, sabiduría y prosperidad para
cumplir la voluntad del Señor, conforme es guiado por el Espíritu Santo.
Ese fruto se manifiesta en
anunciar, entre muchos otros atributos, la santidad, justicia, amor, bondad y
rectitud de nuestro Dios, proclamando que Él es nuestra fortaleza y que en Él
no hay injusticia. Toda gloria, honra y honor le pertenecen por siempre.
Dios misericordioso y fiel,
grande e incomparable, ¿cómo no adorarte? Tus obras son maravillosas, tu
plenitud inalcanzable, y tu fidelidad es eterna. Por eso, con gratitud y
reverencia, proclamamos:
“¡Bendice, alma mía, a Jehová, y
bendiga todo mi ser su santo nombre!” (Salmo 103:1)
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