La Pascua, instituida por Dios en Éxodo 12, fue el acto redentor que marcó la salida de los israelitas de la esclavitud en Egipto después de 430 años. El Señor ordenó que cada familia sacrificara un cordero sin defecto, de un año, y que su sangre fuera aplicada en los dinteles y postes de las puertas. Aquella sangre sería la señal para que el ángel de la muerte pasara de largo y no tocara a los primogénitos de Israel (Éxodo 12:7, 12-13).
Esa noche, el pueblo comió el cordero asado, sin quebrar sus
huesos (Éxodo 12:46), acompañado de panes sin levadura y hierbas amargas,
símbolos de la prisa y de la amargura de la esclavitud. Dios los sacó con mano
poderosa, no solo libres, sino enriquecidos con oro, plata y vestidos que los
egipcios les entregaron (Éxodo 12:35-36). Desde entonces, los judíos celebran
la Pascua como memoria viva de la liberación y como inicio de un nuevo tiempo.
Sin embargo, aquella Pascua era una sombra profética
de un sacrificio mayor. Juan el Bautista, al ver a Jesús, declaró: “He aquí el
Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29b). Cristo es el
cumplimiento perfecto de la Pascua: el Cordero sin mancha (1 Pedro 1:19), cuya
sangre no solo libra de la muerte física, sino que nos rescata de la
condenación eterna. En la cruz, Jesús entregó su vida, y tal como se profetizó,
ninguno de sus huesos fue quebrado (Juan 19:36).
La obra de Cristo nos traslada de la esclavitud del pecado a
la libertad de los hijos de Dios (Romanos 8:2). Su sacrificio nos da una nueva
identidad, nos reconcilia con el Padre y nos convierte en portadores de sus
promesas. La Pascua judía encuentra su plenitud en la Semana Santa cristiana:
no solo recordamos un hecho histórico, sino celebramos la victoria de Cristo
sobre la muerte y el pecado, y el inicio de una vida con propósito eterno.
Hoy, el amor de Cristo nos invita a vivir como hombres y
mujeres libres, con destino y esperanza. La sangre del Cordero nos cubre, nos
redime y nos asegura que nada podrá separarnos del amor de Dios (Romanos
8:38-39).
Ahora, reflexiona: ¿De qué
forma estás viviendo la libertad que Cristo te ha dado? y ¿Qué áreas de tu vida
necesitan ser cubiertas por la sangre del Cordero para experimentar verdadera
transformación?
¡Celebremos la Pascua en Jesús, el cordero que quita el
pecado del mundo!
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