“El temor de Jehová es enseñanza de sabiduría; y a la honra precede la humildad.” (Proverbios 15:33)
Todo
hombre de Dios anhela vivir en el temor del Señor para cumplir Su propósito
conforme a Su voluntad. La Escritura nos enseña que el fundamento de la
verdadera sabiduría es el temor de Dios. Pero surge la pregunta: ¿cómo
entendemos realmente este temor?
El
temor de Dios no es miedo o terror, sino reverencia profunda, respeto santo y
obediencia sincera. Un hombre obedece y honra a quien respeta: un padre, un
maestro, un líder. Sin embargo, lo trágico es que muchas veces mostramos más
respeto a los hombres que al mismo Dios, olvidando que Él está en todo lugar,
conoce cada pensamiento y escudriña las intenciones del corazón (Jeremías
17:10).
Cuando
permitimos un pensamiento impuro, pronunciamos palabras incorrectas o
realizamos acciones que sabemos que Dios desaprueba, en realidad estamos
diciendo: “No temo tu presencia”, “No reconozco tu santidad”, “Me importo más
yo que Tú”. Por eso, el temor de Dios se manifiesta en obediencia: “El
fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos;
porque esto es el todo del hombre.” (Eclesiastés 12:13)
Quien
ama a Dios, obedece. Y la obediencia exige humildad, pues reconoce que toda
falla es pecado y que en nuestra debilidad necesitamos de Él para no caer ni
contristar al Espíritu Santo (Efesios 4:30). El hombre de Dios es celoso de su
vida y de los que ama: “Porque os celo con celo de Dios; pues os he desposado
con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo.” (2
Corintios 11:2)
Esta
es la actitud de un corazón humilde: buscar agradar a Dios en todo, detestar el
pecado y rechazar la impureza. Más allá de cualquier recompensa terrenal, el
verdadero creyente busca agradar al Señor, reconociendo que toda honra y gloria
le pertenecen por siempre (Apocalipsis 4:11).
Cuestiónate:
¿Cómo me conduce el temor de Dios para vivir en Cristo? y ¿De qué manera la
humildad y obediencia en mi vida le dan gloria y honra a mi Señor?
El
temor de Dios es la raíz de la sabiduría y la antesala de la honra. Nos conduce
a una vida de obediencia, humildad y pureza, preparando nuestro corazón para el
hogar eterno en Jesucristo. Que nuestra oración sea siempre: Señor, enséñame a
temerte, para vivir en tu sabiduría y esperar con gozo la gloria venidera.
Amén.
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