Las riquezas, como las aves, pueden volar en cualquier momento: Te acuestas rico y te levantas pobre. Un fenómeno natural, una guerra, un robo, etc., pueden transformar tu vida radicalmente y para siempre. Muchos se derrumban, se deprimen y en el estrés toman malas decisiones. ¿Por qué? Porque su confianza estaba en sus bienes, posesiones y riquezas, como si lo material de este mundo asegurase una vida placentera para siempre.
Sin embargo, las Escrituras nos llaman a confiar en el Señor
y no en nuestras propias fuerzas: "Confía en el Señor de todo corazón y
no en tu propia inteligencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él allanará
tus sendas." (Proverbios 3:5-6). Dios nos guía cuando le entregamos
nuestra confianza.
Las riquezas generan codicia, envidias, males y pesares en
uno mismo y en los que no las comprenden. Es mejor vivir con lo necesario,
confiando en Dios, que teniendo mucho y sustentarse en este mundo. Como dice el
salmista: "Encomienda al Señor tu camino; confía en él, y él
actuará." (Salmos 37:5). Recuerda que Dios actúa en favor de quienes
le confían su vida.
Pareciera que algunos piensan que van a vivir por siempre y
no entienden que, en el momento menos pensado, parten de esta vida y dejan todo
muchas veces sin un destino apropiado. Las riquezas son inciertas y confiar en
ellas es necedad. Dios es dueño de todo; Él da y quita según su voluntad. Como
nos recuerda Isaías: "Confíen en el Señor para siempre, porque el Señor
es una Roca eterna." (Isaías 26:4). Él es firme y nunca cambia, siendo
la verdadera fuente de paz y estabilidad.
Dios conoce nuestras intenciones, prueba nuestros corazones y
nos llama a ponerlo en el primer lugar de nuestras vidas, pues no está
dispuesto a ser compartido como una prioridad secundaria. Confiar en Jesús es
la clave para enfrentar cualquier adversidad y hallar propósito eterno.
Y tú, ¿Dónde pones tu confianza?
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