Jesús llamó a hombres imperfectos, enfocados en sus trabajos, necesidades e intereses. A pesar de estar ocupados, dejaron todo para seguirlo. Durante tres años fueron formados al observar al Maestro. Aunque cada uno tenía un carácter diferente y peculiar, al madurar y enfrentarse a la ausencia física de Jesús, comprendieron que la verdadera forma de ser discípulos y seguidores era morir a sí mismos para reflejar más a Cristo, su Maestro y Líder.
No son los dones, talentos ni
fortalezas lo que hace valioso a un seguidor de Jesús, sino el carácter
moldeado y sometido al Señor. Es este carácter, transformado a través de una
relación íntima con Él, lo que sustenta la formación y transformación del creyente.
Este proceso no se basa en ideas humanas, sino en el modelo perfecto de
Jesucristo.
Con los ojos puestos en
Jesús, el autor y consumador de nuestra fe (Hebreos 12:2), el pueblo de
Dios está compuesto por hombres y mujeres que han abandonado su identidad,
sueños y metas terrenales para conformarse a la imagen de Cristo. Su enfoque
está en el reino de Dios, la vida eterna y en cumplir el propósito de atraer a
otros al camino de la verdad, reflejando el carácter y la misión de Jesús.
De la humanidad a la divinidad,
de la individualidad a la colectividad en Cristo, el pueblo de Dios no se
propaga como una pandemia de enfermedad y muerte, sino como un contagio de
amor, santidad y vida. Un discípulo de Jesús aspira a ser cada vez más como su
Señor, y en ese camino, inspira y guía a otros hacia el mismo propósito.
Como dice el apóstol Pablo en 2
Corintios 3:18 "Así, todos nosotros, que con el rostro
descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos
transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que
es el Espíritu." Debemos clamar a Dios para que Él se refleje
en nosotros y seamos transformados en Cristo en un proceso continuo que nos
lleve a inspirar a otros con nuestra vida, dando la gloria a Dios Padre, Hijo y
Espíritu Santo.
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