Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia. (Romanos 4:3)
Abraham es considerado el padre
de la fe, pues fue declarado justo por Dios al creer en la promesa de que en su
simiente serían benditas todas las naciones de la tierra (Génesis 12:3; Gálatas
3:8). Este acto de fe ocurrió antes de ser sellado el pacto mediante la
circuncisión (Génesis 17:10-11). Abraham creyó que Dios podía darle un hijo aun
cuando tenía casi cien años y su esposa Sara era estéril y avanzada en edad
(Hebreos 11:11-12).
No fue por obras humanas que
Abraham alcanzó justicia, sino por la fe que lo llevó a obedecer. La fe precede
a las obras: primero se cree y se confía en Dios, y esa confianza produce
fidelidad y obediencia al llamado del Señor (Hebreos 11:8).
Hoy la iglesia de Jesucristo no
necesita circuncidar el prepucio como señal de pacto, sino circuncidar el
corazón (Romanos 2:29; Colosenses 2:11), lo cual significa morir al viejo
hombre y vivir en santidad para Cristo.
La salvación es por gracia, como
regalo inmerecido, a través de la obra expiatoria de Jesús en la cruz (Efesios
2:8-9). Él fue crucificado como si fuera el más grande pecador, siendo puro y
sin mancha (2 Corintios 5:21), para que nosotros, siendo pecadores, podamos
presentarnos ante Dios como justos que nunca han pecado.
Nuestra fe está puesta en la
obra de Jesús, quien nos justifica, salva y nos impulsa a vivir en obediencia a
la Palabra y voluntad de Dios (Romanos 5:1-2).
Si hoy no tienes la fe
suficiente en Jesús, rinde tu corazón a Él, pide perdón por tus pecados, clama
por la dirección del Espíritu Santo y permite que te revele su Palabra, pues
“la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17). Deja
que Él obre en ti y tú en Él.
La justificación no proviene de
nuestras obras, sino de la fe en Jesucristo. Abraham es ejemplo de que la fe
genuina produce obediencia y esperanza en las promesas de Dios. Hoy, el
creyente debe vivir confiado en la gracia de Cristo, con un corazón circuncidado
y una vida rendida a la santidad.
Reflexiona: ¿Estás
seguro de tu justificación y salvación delante del Señor? y ¿Cuál es la base de
tu seguridad?
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